Así nació el Jazz

diciembre 5, 2008 at 03:07 (Mágico Jazz) ()

(Se aconseja escuchar la música a la vez que se lee el artículo)



¿Saben ustedes cómo nació el Jazz? Nació de un romance.fuego-chimenea-portada

Sucedió en una casa miserable del barrio más olvidado de una ciudad sin nombre, habitada por sombras dolidas en el alma por su falta de libertad. Allí, en esa casa, se amontonaba la leña en un rincón. Inocentes condenados a una hoguera de placentero calor uno a uno los troncos fueron consumidos por las llamas en un festín de humo y cenizas. Los habitantes de aquel hogar, sumidos en su esclava naturaleza, permanecían ajenos al vil acto de injusticia que cada noche se cometía en su propia chimenea. Cuántas voces se alzarían contra semejante tortura de ser un hombre su objeto.

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Aconteció un día que de entre toda la madera que alimentaría la hoguera aquella noche se desprendió un pedazo de rugosa corteza, oscura, basta y de olor a tierra, que cayó en un rincón escondido tras uno de los muebles de la estancia. Allí quedó olvidado durante mucho tiempo: solitario y abandonado a la oscura seguridad de su rincón hasta que cierta mañana la familia de aquella casa recibió la honorable visita de una dama auténtica que acudía en filantrópica misión.

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Apenas un par de sonrisas, apenas una conciencia tranquila, apenas unos estómagos llenos. Un par de horas que sirvieron para engañar a la auténtica realidad de aquel hogar, tiempo suficiente para olvidar la dama su fino pañuelo de seda azul. Quiso el destino que el liviano pedacito de tela se confabulase con las corrientes de la casa, crueles y abundantes, para terminar en el mismo rincón en el que poco a poco se pudría aquel pedazo de corteza triste.


Un retal de seda azul basta para cambiar un mundo, al menos el de una mohosa corteza de árbol. Naturalezas tan dispares no condenan toda esperanza de amor, y así, fruto de dos soledades, rugosidad y suavidad se enamoraron. Ambos se deseaban futuro compartido, sueños de estancias inseparables, esforzándose por ignorar que sus toques pertenecían a incompatibles esencias. Cuando la corteza acariciaba a la seda, esta sufría el desgarro de su roce. Si era la seda azul quién se rendía y acariciaba, igualmente sufría la corteza al verse insensible al tacto suave de su amada. Este dolor común fecundó el primero de los hijos de la corteza y la seda: la lágrima.

Si bien dolorosa, la presencia de ambos mitigaba al menos su soledad, y eso era algo que nadie podría arrebatárselo mientras se tuvieran el uno al otro. Y así sucedió durante mucho tiempo: el invierno hizo sus maletas de frío y se las llevó consigo; la primavera trajo su colección de esencias para ocupar la cama que antes ocupara aquel; más tarde el verano le indicó a la primavera la salida y amablemente le invitó a salir para quedarse él, amo y señor vestido de calores; con el tiempo el verano enfermó y murió, y vino el otoño para acompañarnos en la pérdida. Finalmente el señor invierno regresó con sus maletas repletas de frío, las deshizo con cuidado y se instaló de nuevo en la humilde casa.

Con el frío llegó el calor del fuego, esta vez implacable, pues ni corteza ni seda escaparon de su abrazo. El azar traicionó el destino, y quiso que lo que él había unido lo separara el hombre. Encontraron el pedazo de corteza. Encontraron la seda azul ajada, perdido su antiguo encanto de brillo y color. La corteza fue arrojada al fuego, donde poco a poco fue consumida por el calor. En ese momento nacieron los dos siguientes hijos de la corteza y la seda: la gota de sudor y el humo.

Las dos únicas hijas que tuvieron seda y corteza nacieron las últimas. La primera fue la locura, engendrada en la seda azul ante la visión de su rugoso amor convertido en ceniza. La segunda: la risa, gemela de la locura, cuando la seda acabó entre histeria y basura.

De esta forma nació el jazz, cuando la lágrima, la gota de sudor, el humo, la locura y la risa, nacidos del amor entre una corteza de árbol rugosa y tosca y una fina seda azul suave y delicada, se juntaron una noche de junio para cantar y tocar recuerdos.

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Salenas cronopio, cronopio a todos ustedes. Les espero en la próxima clase.

Don. Hipólito Rey

Prof. de Mágico Jazz

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UN PUEBLO LLAMADO JAZZ

junio 23, 2008 at 21:31 (Mágico Jazz) ()

(Se aconseja escuchar la música a la vez que se lee el artículo)

Summertime – Charlie Parker (instrumental)

Situado en un punto bastante confuso para el turista musical se encuentra el pequeño pueblecito conocido como Jazz. Es apenas un conjunto minúsculo de casas bajas con patio, una salpicadura de viviendas en medio del mapa de la música del siglo XX, pero mucho más famoso que ciudades más grandes y con más historia. Sin lugar a dudas es un lugar particular que atrae enorme curiosidad tanto de aficionados como expertos, que no dudan en viajar siempre que pueden hasta Jazz, donde saben que serán calurosamente acogidos por unos vecinos amables y con fácil tendencia hacia la comprensión mutua, gente sencilla con ganas de compartir con todos sus alegrías, sus penas, sus miedos y, como no, sus vicios.

El visitante novicio no necesitará mucho tiempo para convencerse de la mágica naturaleza del lugar: cuando por primera vez se muestre el pueblo de Jazz en la lejanía ya se percatará de ello. Se dará cuenta ya desde lejos de que se trata de pequeñas casitas de paredes blancas y tejados de negra pizarra. Cuando alcance sus calles, se verá transportado por el negro empedrado de las mismas a un mundo añejo, de triste glamour despechado en un completo blanco y negro presente en todo lo que le rodea: blancas paredes, negros techos, puertas negras, oscuros árboles de negras hojas, canaletos pintados en negro, fuentes de piedra blanca. Esto, lejos de desconcertar al viajero, suscitará su curiosidad por un escenario de ensueño que a la vez despierta y adormece los sentidos.

No tardará en conocer a los habitantes de tan extraño lugar: los jazzman. Todos de raza negra, siempre vestidos con bonitos trajes de fiesta, siempre con sus rostros perlados por pequeñas gotas de sudor y siempre, siempre, con enormes cigarros en sus manos, humeantes, un manar continuo al aire de finos hilos de humo que van entretejiendo en el vacío que comprende sus calles oníricas telarañas que enredan la fantasía de todo aquel que se deja caer por Jazz. Blanco, negro y humo crean una atmósfera medio melancólica medio misteriosa en la que la única certeza posible es el saber que todo es posible entre sus paredes, de tal forma que el visitante no se sorprenderá de nada.

Hace muchos años, cuando el mundo Música descubrió este pequeño rincón extravagante y sin color se reunieron los más afamados expertos en lingüistas y logopedas para investigar el extraño idioma que hablaban las gentes de Jazz. Se organizó una impresionante expedición compuesta por los más prometedores valores de las más importantes academias científicas. Ciento un investigadores acamparon en torno al pequeño pueblo, adentrándose diariamente en las calles de Jazz con la científica intención de descifrar el idioma de esa extraña gente de trajes impecables. Tardaron tres meses y treinta y tres días en desistir, pues comprendieron que no había homogeneidad ninguna en el supuesto idioma: llegaron a la conclusión de que cada habitante hablaba siguiendo unas normas exclusivas propias, en definitiva: cada uno hablaba su lenguaje.

A veces, cuando se juntaban varios jazzman, el oído poco preparado llegaba a creer que hablaban el mismo idioma pues en conjunto sus sonidos parecían configurar un aparente cuerpo compartido. Pero si se profundizaba un poco más, tal y como hicieron aquellos investigadores, se daría uno cuenta que ni ellos mismos se comprenden entre sí. De tal forma que en el pueblo de Jazz no hay diálogos, no existen conversaciones ya que la base de toda conversación es un intercambio de información. En Jazz no se cuentan informaciones, sino sensaciones, y si ven a un jazzman sonriendo no es porque alguien le haya contado algo que le hizo reír, sino porque alguien le hizo sentir risa. Así pues en Jazz no se cuentan historias, si no que se sienten historias: el narrador no es el protagonista de la comunicación en Jazz ya que el valor de lo dicho o entendido no está en quién lo emite sino en quien lo recibe, único y exclusivo encargado de interpretar lo que sencillamente deseé sentir en ese preciso momento. Después de esto sobraría decir que si ustedes pretender visitar este maravilloso lugar, desistan de intentar entender qué dicen, ya que simplemente sentirán que lo que el jazzman les dice les resulta divertido, triste o enojante, sin prestar ninguna importancia a si perciben o no un mensaje.

Esta condición tan subjetiva del lenguaje es la base de la naturaleza libre del pueblo de Jazz. Cada habitante es un mundo, si se juntan dos jazzman a hablar no tenemos dos, sino tres mundos: el de uno, el de otro y el que se crea cuando se junta. Pero si además de tres jazzman hablando entre sí hay una tercera persona no necesariamente del pueblo de Jazz, nos encontramos por arte de magia con que el número de mundos ha aumentado a cuatro: los tres anteriores más el cuarto que crea el oyente. ¿Cuál es el auténtico? Ninguno y todos, ahí reside la magia del jazz.

Don Hipólito Rey

Prof. de Mágico Jazz

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¿Jazz?

mayo 30, 2008 at 23:29 (Mágico Jazz) ()

(Se aconseja leer el artículo mientras se escucha la música)

Bienvenidos a Mágico Jazz.

The John Coltrane Quartet, interpretando Alabama.

El jazz es un tipo inestable, exagerado, que vive en un mundo de sentimientos contrastados que se afincan en los extremos de todo y de nada. Es un tipo triste, melancólico que sorprende y se descarga en un alboroto de alegría descontrolada, en una combustión loca. Es un tipo que cae bien, a quien todos desearían ayudar pero finalmente todos reconocen que es inútil, que se lío con sus propias venas a causa de la excitación de vivir al límite hasta la última bocanada de aire. Hipócritamente todos observan y escuchan lo que hace y dice, negando la posibilidad de mejoría mientras se ocultan la verdad, aquella de la que se avergonzarían: no le ayudan porque saben que sin sus ataques de histeria ni sus depresiones en llanto el tipo no tendría el mínimo interés.

Cuando toca su trompeta, todos los presentes saben que él, el jazz, no sólo toca música: siente, sufre… pero nadie llega a entender el qué. Por eso todos le crucifican como un tipo difícil de entender, que dice cosas extrañas y que habría que tomarse muchas molestias para lograr hablar su mismo idioma, ignorantes de que la verdadera intención del jazz no pasa por hacerse entender. En lo más profundo de su ser, el jazz es el tipo más egoísta que puebla el universo musical pues no le importan los demás cuando toca pues toca simplemente para sentir. Así, dado que los sentimientos y sensibilidades son tan variables como la persona, un día la misma canción suena eufórica, hinchada de gozo, exultante… y al otro parece tocada desde dentro de una tumba. Por eso, por esa obsesión con sus sentimientos, expresión y depresión de un mismo ser polifacético, no hay más remedio que la improvisación. Porque en la vida el jazz vive el momento, que es la única forma de vivir en plenitud.

Es un pobre tipo sin suerte y sin blanca que no tiene miedo a nada pues siempre canta desde la derrota: está triste por su fracaso o se ríe de él o a pesar de él. Aun en el fondo del pozo más oscuro y húmedo hay sitio para el ritmo. Solo hace falta que observen su cara: retrato del sentimiento, un recorrido de música por cada una de su facciones, la notas se deslizan por su rostro, la trompeta es un poro más por el que expira su sentimiento. Sin embargo la gente sigue con su intención de explicarle, de entenderle. ¿Cómo explicar que significa un llanto, describir que se siente con el corazón roto, razonar la vida o el dolor? Él no quiere comunicar nada, como el amigo que te cuenta sus problemas y sus decisiones tomadas no porque le interese tu opinión sino porque confesándose a ti espera encontrar el consuelo que por sí solo no encuentra. Quiere escucharse a sí mismo para entenderse, para justificarse, quizá para dormir tranquilo esa noche.

Nosotros somos mortales, nunca podremos sentir lo que siente él. Subjetividad en los metales y la percusión, subjetividad en mayúsculas, inalcanzable, únicamente imaginable. Estamos atrapados por nosotros mismos, por nuestra experiencia, nuestras añoranzas, recuerdos, temores, dolores… Una nota escapa y se cuela entre la gente, en unos corazones se agarra y lo acaricia, en otros directamente lo desgarra sin compasión. No se puede explicar, simplemente uno lo siente por alguna misteriosa y remota conexión con nuestro pasado tan oscura que ni nosotros somos conscientes de ella. Eso es él, eso es el jazz, un dejarse llevar sin pretensiones explicativas ni académicas. No hay libros, no hay tratados. Todo lo escrito no habla más que de tuercas y engranajes, nunca del sentir de la máquina ya que el sentir es propio de cada uno. Así pues no es él sino ellos.

No hay ignorancia que nos impida ponernos tristes escuchando a Billie Holiday, nadie es tan estúpido como para no sentir que el jazz está alegre, nadie está tan solo como para no compartir la tristeza o la alegría de un buen jazz.

Don Hipólito Rey

Prof. de Mágico Jazz

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