El cronopio que mató

diciembre 3, 2008 at 23:33 (Diario de un Cronopio) ()

Tercera entrega del diario de Wenceslao Moore.

34 de mayo del 2008

Ustedes podrán comprobar que no es habitual encontrar a un cronopio protagonizando una noticia de sucesos. Cabe la posibilidad nada extraordinaria de que se hable en los diarios de un cronopio decidido a dar la vuelta al mundo en bicicleta, o a casarse con su querido gatito, o dispuesto a construir una réplica a escala de la Sorbona a base de fósforos, pero intenten encontrar a un cronopio acusado de fraude, o robo, o a lo peor… de crimen.

La razón puede ser tan sencilla como que los cronopios no están hechos para eso, ya que cualquier tipo de crimen es una combinación en distintos grados de avaricia, soberbia, egoísmo, ira, injusticia… aspectos del carácter humano que por lo general están ausentes en la persona del cronopio en tanto que son otras las fuerzas que le guían: el color azul, los lunares amarillos en fondo negro, las gominolas de menta, el palulú, las lucecitas rojas que parpadean, las ganas de saltar a la pata coja, los viajes en el tiempo, las risotadas, los grandes eructos, despeinarse, andar sobre la arena… Una serie de cosas que, como verán ustedes y coincidirán conmigo, están muy lejos de cualquier intención homicida o delictiva. Sin embargo, como todo en esta vida, hay excepciones, y más si hablamos de cronopios puesto que la propia naturaleza cronopia de la persona es ya de por sí excepción colorida del gris vida que inunda los autobuses de línea.

Confieso sin miedo, amparado por la esperanza de que mi ejemplo posea al menos un cierto valor educativo para futuras generaciones cronopias, que yo Wenceslao Moore, he roto con esa tendencia y aquí donde me leen… soy un asesino. No hay otra palabra para el repugnante acto que he escenificado en el día de hoy. Les cuento…

Aparentemente el día se anunciaba tan estúpido como cualquier otro, nada me anunciaba que aquel día estaba señalado en la historia de mi vida con la marca repugnante del crimen más horrendo, pues así y no de otro modo se describe el acto vil que cometí en un vagón de metro de Madrid. Una ciudad tan dama como la Luna pero con más polvo y más papeleras, comparte con el astro una cualidad láctea que las hace primas-hermanas en las noches, ya que ambas están hechas de queso. Los burdos informes de las agencias espaciales destinados a confundirnos al respecto no tienen más fin que ocultar que las canciones infantiles tienen razón, lo cual pondría en peligro el orden mundial.

tren-metro-madrid-10042006Por uno de sus agujeros, ya que las entrañas de Madrid son de queso gruyere, se deslizaba una gigantesca lombriz con el logotipo de METRO en su lomo (para los cronopios de más allá del charco debo explicar que METRO es el nombre que aquí tiene el servicio de transporte subterráneo: el subte argentino o el Underground londinense). En uno de sus vagones, pequeñas porciones de lombriz urbana, iba yo confundido con el resto de viajeros, formando en conjunto una especie de saliva espesa condenada a ser escupida por la lombriz en cada estación.

Formaba yo parte de la aristocracia del vagón, que no son sino aquellos que heredan asiento, mientras pensaba en que poco más o menos así se sentiría un antiguo señor feudal cuando miraba a sus súbditos, como un pasajero de metro sentado observando al resto de pie: odiado en silencio pero protegido por la ley. ¿Y si estallase una revuelta… o a lo peor… una revolución y se invirtiera el orden? Mis pensamientos no fueron mucho más lejos ya que un escalofrío sedujo mi bolsillo: era mi móvil, alguien me estaba llamando.

Madrid, esa vieja dama que hace nada comparaba con la luna, pero con más polvo, es también una mujer de contrastes que igual se puede hacer la manicura como no afeitarse las axilas. Eso explica, por ejemplo, por qué todavía no contamos con parques de girasoles y molinillos pero si con cobertura para los móviles en los túneles de metro. Sinceramente creo que el dinero de nuestras arcas se pierde en auténticas estupideces ya que si bien pocos de ustedes, alumnos de todo el mundo, conocen Madrid por su cobertura en el metro… de seguro que si contara con un parque de girasoles y molinillos Madrid sería famoso en todo el mundo. Al menos así lo espero.

La llamada era fruto de Andrea, una amiga de las de toda la vida, madre de dos preciosos cronopitos en busca y captura por los principales servicios secretos de los más prestigiosos observatorios astronómicos, ya que no es pequeño el delito que estos chiquillos cometieron: robar dos pares de estrellas, de las más hermosas, y lucirlas en los ojos. Lógicamente este es un asunto bastante peliagudo por el cual me intereso cada ocasión que tengo de hablar con Andrea. Los niños son ajenos a toda esta aventura, y piensan que los habituales cambios de domicilio están causados por la profesión de la madre: agente comercial de la compañía lapona de Santa Claus. Por ello tal inestabilidad en sus estancias no son motivo de trauma para ellos sino todo lo contrario: un orgullo.

Dadas la cercanía de las festividades navideñas, venidas a conmemorar el invento de las bolitas rojas, las guirnaldas y el espumillón (en ningún mes han coincidido tantos inventos, de ahí que sea festividad) la conversación se condujo inevitablemente por temas tópicos de esas fechas. En ese momento se produjo aquel crimen del que tantas líneas atrás les hablaba y del que casi olvido hablar: asesiné impúdicamente al pequeño niñito que a mi derecha se sujetaba a la pierna de su madre para no caer.

Aparentemente el niño había seguido con ávido interés toda la conversación que mantuve con Andrea. Esa fue la razón de su muerte. Alcanzado el tema navideño, surgió de mis labios la pregunta “¿Ya le compraste los regalos a tus hijos?”, seguida de una sonrisa que me creció en la boca al oír la singular respuesta de Andrea pues los regalos consistían ni más ni menos que en dos pares de calcetines a rayas (blancas y verdes para uno, amarillas y naranjasreyes_magos_2008_2x420 para otro), unos chalequitos bordados y unas gorritas con orejas de osito… regalos que parecen más propios de un perturbado que de una auténtica madre. Por eso dije con todo el sarcasmo del mundo “Madre mía Andrea… ¿Y dicen que los reyes son los padres…?”. Imaginen el atroz crimen.

Si abiertos estaban los ojos del niño durante mi charla telefónica, el doble de abierta estaba su boca cuando me oyó decir eso. No sangraba, no mostraba herida alguna, pero pude ver en su pupilas que el niño estaba muerto… ¡¡Había matado a aquel pobre niño!! No me cabía la menor duda de que jamás, por mi culpa, volvería a ser niño. Era un criminal de la peor calaña, un mata-niños, un asesino de inocencia… y un cobarde pues mi primera reacción, invadido por el pánico, fue huir. Me escabullí entre la gente que atiborraba la panza del vagón de metro hasta alcanzar la puerta de salida. En cuanto se abrió en la siguiente estación salí escupido de su interior entre codazos y gente agria con maletín, y corrí, corrí como alma que lleva el diablo, perseguido por el terrible crimen. Con mis manos todavía manchadas con la ceniza del adulto.

Tardé un par de horas en ubicarme y lograr retornar a casa, durante las cuales me vi observado por cada niño: miradas inquisitivas, acusadoras, sabedores todos de mi crimen contra su mundo de niños. Había matado a uno de ellos y todos lo sabían ya. De algún modo habían conseguido propagar la noticia, comunicársela entre ellos de forma totalmente silenciosa. Era consciente de que la mera presencia de los adultos, de sus padres o madres que los llevaban en brazos, o de la mano, o que simplemente los vigilaban, era lo único que me salvaba de su castigo. Un castigo, por otra parte, más que justamente merecido pues lo que yo había arrebatado era el tesoro más preciado que nadie nunca podría poseer.

Cuando alcancé mi hogar no pude por menos que encerrarme en mi cuarto y llorar desconsoladamente mientras buscaba en un ataque de frenesí fotos y recuerdos de mi niñez. Al final los encontré, y entre ellos una vieja foto de cuando todavía no necesitaba ser cronopio porque todavía era niño: la forma más perfecta del cronopio. En ella aparecía un lindo muchacho de apenas cinco años que sostenía dos cosas: una enorme caja en papel de regalo y una enorme sonrisa de felicidad, detrás… un suntuoso abeto terminado en estrella. Esta foto me dio más ganas de llorar, por la culpa, por mi crimen, por la vergüenza, y por poder recordar el nombre de aquel que en su día me mató como niño.

Saludos Alumnos, temo que durante un tiempo seguiré escondido.

…y así, queridos alumnos, mató un cronopio a un niño.

Anuncios

Permalink 2 comentarios

DIARIO CRONOPIO: NO SE VENDE

junio 3, 2008 at 22:01 (Diario de un Cronopio) ()

Segunda entrada del diario de Wenceslao Moore.

33 de mayo de 2008

Hace un par de días regresé del trabajo con la urgente necesidad de declarar al mundo entero que mi casa NO SE VENDE. El miércoles, cuando salí un rato a perseguir palomas cojas, conté hasta trece carteles chillones que gritaban a los cuatro vientos SE VENDE. Más tarde, camino del zoo de peluches, conté otros ocho carteles más. De repente la gente necesitaba decir a los viandantes sus intenciones futuras con respecto a su vivienda, tal vez para desahogarse, que es la razón por la que casi siempre se dicen las cosas en una ciudad. Tal vez por eso se grite tanto y se hable tan poco y tan mal.

En la papelería del señor Tomás compré cartulina y roturadores con los que hacer mi cartel de NO SE VENDE. Esto, pensé erróneamente, era recomendable para todos los dueños de viviendas y locales de todo tipo puesto que colocando carteles con ese texto evitaría malentendidos con respecto al futuro de mi hogar. Rotulé lo mejor que pude mi cartel y lo colgué del balcón que da a la avenida principal, puesto que es la más transitada de todas las calles que rodean mi edificio. Reconozco que aquel día dormí más tranquilo, pues sabÍa que gracias a esta medida nadie me compraría mi casa. ¿Se imaginan ustedes que tragedia si esto sucediera? No entendía cómo había podido vivir tan despreocupadamente hasta entonces, cuándo cualquier tipo podría haber tocado la puerta con la pretensión de comprarme la casa. Por supuesto que yo le corregiría e intentaría convencerle de su error, pero lógicamente él podría reprocharme que en ningún sitió dice que esa casa no estÉ en venta. Y amigos míos, futuros cronopios, ya saben que hoy día todo se compra y se vende. A mí no me quedaría otra que darle la razón, en ningún momento dije yo que no vendo mi casa, y dada mi ejemplar educación me vería en la necesidad de pedirle disculpas y reconocer mi error. “Efectivamente mi falta de previsión ha provocado que usted pensará que mi casa está en venta, y creame que lo siento y nada puedo decir sino darle la razón”. Al final, cómo soy muy educado y no me gusta llevar la contraria a una persona que sé que tiene razón, no tendría más remedio que venderle mi casa, con lo cual me vería abandonado a un incierto futuro entre cajas de cartón y papel de periódico trasnochado. Solo de pensar que eso podría haber sucedido en cualquier momento me provocaba escalofríos.

Pero creí hallar La solución con mi cartel de NO SE VENDE. Sin embargo estaba totalmente equivocado pues al día siguiente un aluvión de llamadas no paró de preguntarme la razón por la cual no vendía mi casa. La mitad de las llamadas terminaban con frases airadas al considerarse engañados pues pensaban que si no la vendía sería por que algo debe tener su casa para no venderla” decían “así cualquiera no vende su casa”. Yo intentaba tranquilizarlos dándoles a entender que a mi casa no le faltaba de nada y que se encontraba en un estado impecable, pero la gente al otro lado del teléfono seguía con la mosca detrás de la oreja, no comprendían como una casa en perfectas condiciones no se vendía y terminaban pensando que les estaba dando gato por liebre: “¿entonces por qué no la vende?”. La gente seguía llamando una y otra vez a lo largo de todo el día preguntando por qué no vendía la casa, qué fallo tenía.

Curiosa fue la llamada de un desconocido que intentó con tesón convencerme de que vendieran, incluso mejorando la oferta, una oferta que yo no había hecho en ningún momento pero que se arregló en subir hasta el doble del valor iniciar de mi vivienda. No tuve tanto problema en rechazarla como en tranquilizarle tras mi rechazo, pues, bastante violento, se creían que simplemente estaba forzando la situación al límite para sacar mayor tajada. No tuve más remedio que colgarle puesto que a pesar de la adoración que siento por mi santa madre tengo la curiosa manía de no agradecer que nadie más que yo la recuerde.

Ya en la noche, cuando ya estaba convencido de que mi idea no había sido muy acertada, me llamó un párroco muy simpático que me causó bastante impresión. El padre Ramón, pues ese era su nombre, no llamaba para mejorar ninguna oferta sino todo lo contrario: su intención era hacerme recapacitar ante la bondad de su misión: acoger a un grupo de jóvenes huérfanos sin hogar. Aparentemente el padre Ramón vio mi cartel y pensó que tal vez conseguiría rebajar mis pretensiones –por otra parte inexistentes- para hacerse con los servicios de mi casa. Sorprendido en extremo escuché cómo este cura intentaba convencerme para que se la vendiera a su diócesis pero a un precio asequible. No solo trataba de convencerme de que la vendiera, sino de que la rebajara. Una cosa de locos.

“Por favor caballero, entiéndalo, sería una obra de caridad por la que le estaría mucha gente agradecida”.

“Entiendo padre que la suya es una obra altruista de enorme valor para la sociedad, pero entiéndame a mí también padre… no deseo vender mi casa”.

“Disculpe si insisto, hijo mío. Piénselo bien, por favor, venda la casa, ellos la necesitan muchísimo más y usted ganaría las puertas del cielo. Por favor, tenga la bondad de venderla”.

“No, padre, quien tiene que disculparse soy yo por el malentendido que ha causado mi cartel. La decisión es irrevocable, tengo en gran estima el valor de mi palabra… y tal como dice el cartel mi casa NO SE VENDE”.

“Entiendo… entiendo… pero comprenda –y por favor perdone la insistencia- lo necesitados que estamos. Ni mucho menos quisiera yo poner en duda su palabra ni venirme a mal con usted. Si dice NO SE VENDE, no se hable más. Pero… entonces se lo alquilo, no dice que no se alquile ¿verdad?”.

***

Y bueno… así es como un cronopio es capaz de perder su casa. Efectivamente no dije que no se alquilaba, por eso la entrada de hoy en mi diario la termino de escribir en el banco del parquecito del otro lado de la avenida.

A todos ustedes, como dice la Maga, les mando saludos cronopio cronopio. Y recuerden que ser cronopio también tiene sus riesgos.

Permalink 3 comentarios

El buscador de rostros

mayo 17, 2008 at 13:01 (Diario de un Cronopio) ()

Primera entrada del diario de Wenceslao Moore.

32 de Mayo de 2008 (si, si, 32)

Hay días en los que uno descubre algo nuevo sobre sí mismo, esos días pueden considerarse realmente bien aprovechados. Hoy ha sido uno de esos días, pues he descubierto una faceta mía en la que nunca me había fijado y que ahora, procurándole toda la atención que merece, confirmo que ha estado presente a lo largo de mi vida.

De mañana había yo comprado un billete de solo ida para el ascensor que me llevaba a la planta baja, poco se diferenciaba aquel día del resto. Sin embargo, una vez ocupada mi plaza en el vehículo y a mitad de trayecto me quedé mirando la puerta del mismo. En varios puntos la pintura verde acelga hacía ya tiempo que se había desprendido, dejando entrever el metal. Me fijé en que ese vacío de pintura dibujaba una forma caprichosa que me recordó el rostro de una anciana con tremenda nariz. Fue en ese mismo momento cuando me percaté de esa faceta fascinante que me había acompañado toda la vida y que, sin embargo, nunca valoré: soy un buscador de rostros.

Puede sonar pretencioso viniendo de un tipo corriente como yo, pero les recuerdo que soy cronopio, y descubrimientos tan extraños como este no me asombran. Les aseguro que no exagero si digo que desde niño he tenido una especial afición a buscar rostros por todas partes: en manchas de humedades colgadas de techos, en las formas de los charcos, en los salpicones de pintura o de salsa de tomate, en los dibujos de un mantel, en las florituras de las alfombras… en todo aquello que dibuje una forma no precisa. Son como palabras inventadas que buscan todavía un significado.

Deduje que aquello no era nuevo, que ya lo había hecho cientos, miles de veces. Empecé a recordar mis temores infantiles en la oscuridad, donde toda silueta se me presentaba como un perfil de nariz, frente y boca. A cada sombra le daba una existencia: el inocente montón de ropa que queda sobre una silla se transformaba en por la noche en un ser diminuto en extraña posición. A veces puede resultar divertido ver caras en los poso del café, por ejemplo, pero desde luego no es nada aconsejable para un niño que vea caras en las sombras de su cuarto. Recuerdo con especial añoranza lo inocente que era por temer los dibujos que por la noche formaban la luz de las farolas cuando se filtraban por la persiana y aterrizaban en el techo de mi habitación.

Después empecé a ver un entretenimiento muy útil en casos de total aburrimiento el observar las alfombras. Hasta ahora nunca he visto una alfombra bonita, no sé si será problema mío con ellas, o problema de los alfombristas con el arte, sin embargo siempre me han fascinado las florituras y adornos que contienen. Si uno se esfuerza un mínimo, simplemente untando un poquito de imaginación, se es capaz de ver un rostro de hombre barbudo aquí, una cara de león allá, de pez en ese otro rincón… Al final la alfombra se convierte en un auténtico libro lleno de personajes por los que uno no puede dejar de preguntarse qué tendrán en común el barbudo, el león y el pez. Otro material propicio a las caras es el gotelé de las paredes de mi casa. Un inmenso desierto vertical blanco que se extiende por toda la casa y que según le dé la luz te muestra ahora una cara de bruja, luego un burro estornudando, quizá más tarde aparezca un marciano. Nunca se sabe, pero siempre hay algo inesperado.

Pintura derramada en una acera que dibuja sin ningún lugar a dudas el perfil de un vaquero, una chapa con un enorme manchón de óxido que me mira con amenazante seriedad, la gota de aceite que crea formas en la soa, las vetas de madera que delinéa delfines casi reales… por todos lados se ven caras y rostros que parecen habitar un mundo fuera de toda norma.

Imagino que mi afición, casi olvidada, por el dibujo habrá influido en esa extraña búsqueda. O quizá fue al revés y el dibujo simplemente fue una válvula por la que escapaban todos esos seres. El caso es que si busco un origen me doy cuenta de la extraña circunstancia de que nunca fui un niño de aquellos que se tumban a mirar las nubes y darles formas. Uno de los precios a pagar por vivir de prestado en una enorme ciudad cementera es no contar con un fresco prado verde, ni si quiera un jardín mísero con las condiciones higiénicas mínimas que permitan a uno tumbarse a observar el cielo. Curioso, nunca di forma a las nubes pero si a una mancha de vinagreta en mi camisa.

Ustedes pensarán que estas son cosas bastante extrañas de las que no se escucha muy a menudo. Los cronopios no abundan, eso es cierto, pero antes de terminar quería comentarles el último pensamiento que me vino antes de que el ascensor aterrizase en el portal, previa autorización de la torre de control. Me di cuenta de que había hecho mal en percatarme de la presencia de esa cualidad mía de buscador de rostros Mejor haberla dejado ahí, presente pero involuntaria, ignorada, anónima como la respiración o el pestañeo. Ahora que sabía que había caras rodeándome por todos lados… cómo dormir tranquilo sabiéndome observado, como probarme la ropa interior en unos grandes almacenes… y lo que es peor… como hurgarme la nariz sin sentirme coartado…

En cuanto descendí de mi ascensor me fui directo a la ventanilla de billetes para comprarme uno de regreso a la sexta planta, daba igual en qué clase, la que fuera: quería meterme en la cama lo antes posible.

Espero que mi relato os haya servido de algo, al menos como matahorasmuertas mientras lo leíais. Y como este blog es a fin de cuentas una escuela, cronopia pero escuela, os propongo un trabajo de campo:

Mirad a vuestro alrededor y buscad rostros.

O recordad cuándo fue la última vez que le pusisteis cara a algo.

Permalink 8 comentarios