Rayuela capítulo 7 (1)

diciembre 5, 2008 at 18:32 (En carne y hueso: el Gran Cronopio) (, )

Salenas cronopio, cronopio alumnos. Continuamos conociendo al Gran Cronopio en cuerpo y voz. No digo ya alma, pues todos los que le han leído conocen la han percibido ya. Por eso aquí, en esta asignatura, es la imagen y el sonido de su persona la que buscamos en tanto le ancle como humano en esta misma realidad, desmitificando su figura. Cortázar no estaba hecho de papel, por eso no todo él debe ser de papel y tinta.

Escuchenle en esta grabación, vívanle. Cierren por un momento los ojos y olviden quienes son por un momento. Saboreen tras la cortina de sus párpados la lenta cadencia de las palabras, envueltas en un acento cronopio. Permitan que sus manos de palabras sean las suyas, que comparta sus caricias.

Evadanse de ustedes por unos segundos.

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Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua.

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Espero que les haya sido de su agrado. Sin duda este es uno de los capítulos de mayor belleza, nos lo volveremos a encontrar. Les espero en la próxima clase.

Saludos cronopios.

Atentamente:

infante-rojo

E. Infante Rojo

Dir. de la Escuela Cronopia

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Así nació el Jazz

diciembre 5, 2008 at 03:07 (Mágico Jazz) ()

(Se aconseja escuchar la música a la vez que se lee el artículo)



¿Saben ustedes cómo nació el Jazz? Nació de un romance.fuego-chimenea-portada

Sucedió en una casa miserable del barrio más olvidado de una ciudad sin nombre, habitada por sombras dolidas en el alma por su falta de libertad. Allí, en esa casa, se amontonaba la leña en un rincón. Inocentes condenados a una hoguera de placentero calor uno a uno los troncos fueron consumidos por las llamas en un festín de humo y cenizas. Los habitantes de aquel hogar, sumidos en su esclava naturaleza, permanecían ajenos al vil acto de injusticia que cada noche se cometía en su propia chimenea. Cuántas voces se alzarían contra semejante tortura de ser un hombre su objeto.

corteza

Aconteció un día que de entre toda la madera que alimentaría la hoguera aquella noche se desprendió un pedazo de rugosa corteza, oscura, basta y de olor a tierra, que cayó en un rincón escondido tras uno de los muebles de la estancia. Allí quedó olvidado durante mucho tiempo: solitario y abandonado a la oscura seguridad de su rincón hasta que cierta mañana la familia de aquella casa recibió la honorable visita de una dama auténtica que acudía en filantrópica misión.

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Apenas un par de sonrisas, apenas una conciencia tranquila, apenas unos estómagos llenos. Un par de horas que sirvieron para engañar a la auténtica realidad de aquel hogar, tiempo suficiente para olvidar la dama su fino pañuelo de seda azul. Quiso el destino que el liviano pedacito de tela se confabulase con las corrientes de la casa, crueles y abundantes, para terminar en el mismo rincón en el que poco a poco se pudría aquel pedazo de corteza triste.


Un retal de seda azul basta para cambiar un mundo, al menos el de una mohosa corteza de árbol. Naturalezas tan dispares no condenan toda esperanza de amor, y así, fruto de dos soledades, rugosidad y suavidad se enamoraron. Ambos se deseaban futuro compartido, sueños de estancias inseparables, esforzándose por ignorar que sus toques pertenecían a incompatibles esencias. Cuando la corteza acariciaba a la seda, esta sufría el desgarro de su roce. Si era la seda azul quién se rendía y acariciaba, igualmente sufría la corteza al verse insensible al tacto suave de su amada. Este dolor común fecundó el primero de los hijos de la corteza y la seda: la lágrima.

Si bien dolorosa, la presencia de ambos mitigaba al menos su soledad, y eso era algo que nadie podría arrebatárselo mientras se tuvieran el uno al otro. Y así sucedió durante mucho tiempo: el invierno hizo sus maletas de frío y se las llevó consigo; la primavera trajo su colección de esencias para ocupar la cama que antes ocupara aquel; más tarde el verano le indicó a la primavera la salida y amablemente le invitó a salir para quedarse él, amo y señor vestido de calores; con el tiempo el verano enfermó y murió, y vino el otoño para acompañarnos en la pérdida. Finalmente el señor invierno regresó con sus maletas repletas de frío, las deshizo con cuidado y se instaló de nuevo en la humilde casa.

Con el frío llegó el calor del fuego, esta vez implacable, pues ni corteza ni seda escaparon de su abrazo. El azar traicionó el destino, y quiso que lo que él había unido lo separara el hombre. Encontraron el pedazo de corteza. Encontraron la seda azul ajada, perdido su antiguo encanto de brillo y color. La corteza fue arrojada al fuego, donde poco a poco fue consumida por el calor. En ese momento nacieron los dos siguientes hijos de la corteza y la seda: la gota de sudor y el humo.

Las dos únicas hijas que tuvieron seda y corteza nacieron las últimas. La primera fue la locura, engendrada en la seda azul ante la visión de su rugoso amor convertido en ceniza. La segunda: la risa, gemela de la locura, cuando la seda acabó entre histeria y basura.

De esta forma nació el jazz, cuando la lágrima, la gota de sudor, el humo, la locura y la risa, nacidos del amor entre una corteza de árbol rugosa y tosca y una fina seda azul suave y delicada, se juntaron una noche de junio para cantar y tocar recuerdos.

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Salenas cronopio, cronopio a todos ustedes. Les espero en la próxima clase.

Don. Hipólito Rey

Prof. de Mágico Jazz

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