UN PUEBLO LLAMADO JAZZ

junio 23, 2008 at 21:31 (Mágico Jazz) ()

(Se aconseja escuchar la música a la vez que se lee el artículo)

Summertime – Charlie Parker (instrumental)

Situado en un punto bastante confuso para el turista musical se encuentra el pequeño pueblecito conocido como Jazz. Es apenas un conjunto minúsculo de casas bajas con patio, una salpicadura de viviendas en medio del mapa de la música del siglo XX, pero mucho más famoso que ciudades más grandes y con más historia. Sin lugar a dudas es un lugar particular que atrae enorme curiosidad tanto de aficionados como expertos, que no dudan en viajar siempre que pueden hasta Jazz, donde saben que serán calurosamente acogidos por unos vecinos amables y con fácil tendencia hacia la comprensión mutua, gente sencilla con ganas de compartir con todos sus alegrías, sus penas, sus miedos y, como no, sus vicios.

El visitante novicio no necesitará mucho tiempo para convencerse de la mágica naturaleza del lugar: cuando por primera vez se muestre el pueblo de Jazz en la lejanía ya se percatará de ello. Se dará cuenta ya desde lejos de que se trata de pequeñas casitas de paredes blancas y tejados de negra pizarra. Cuando alcance sus calles, se verá transportado por el negro empedrado de las mismas a un mundo añejo, de triste glamour despechado en un completo blanco y negro presente en todo lo que le rodea: blancas paredes, negros techos, puertas negras, oscuros árboles de negras hojas, canaletos pintados en negro, fuentes de piedra blanca. Esto, lejos de desconcertar al viajero, suscitará su curiosidad por un escenario de ensueño que a la vez despierta y adormece los sentidos.

No tardará en conocer a los habitantes de tan extraño lugar: los jazzman. Todos de raza negra, siempre vestidos con bonitos trajes de fiesta, siempre con sus rostros perlados por pequeñas gotas de sudor y siempre, siempre, con enormes cigarros en sus manos, humeantes, un manar continuo al aire de finos hilos de humo que van entretejiendo en el vacío que comprende sus calles oníricas telarañas que enredan la fantasía de todo aquel que se deja caer por Jazz. Blanco, negro y humo crean una atmósfera medio melancólica medio misteriosa en la que la única certeza posible es el saber que todo es posible entre sus paredes, de tal forma que el visitante no se sorprenderá de nada.

Hace muchos años, cuando el mundo Música descubrió este pequeño rincón extravagante y sin color se reunieron los más afamados expertos en lingüistas y logopedas para investigar el extraño idioma que hablaban las gentes de Jazz. Se organizó una impresionante expedición compuesta por los más prometedores valores de las más importantes academias científicas. Ciento un investigadores acamparon en torno al pequeño pueblo, adentrándose diariamente en las calles de Jazz con la científica intención de descifrar el idioma de esa extraña gente de trajes impecables. Tardaron tres meses y treinta y tres días en desistir, pues comprendieron que no había homogeneidad ninguna en el supuesto idioma: llegaron a la conclusión de que cada habitante hablaba siguiendo unas normas exclusivas propias, en definitiva: cada uno hablaba su lenguaje.

A veces, cuando se juntaban varios jazzman, el oído poco preparado llegaba a creer que hablaban el mismo idioma pues en conjunto sus sonidos parecían configurar un aparente cuerpo compartido. Pero si se profundizaba un poco más, tal y como hicieron aquellos investigadores, se daría uno cuenta que ni ellos mismos se comprenden entre sí. De tal forma que en el pueblo de Jazz no hay diálogos, no existen conversaciones ya que la base de toda conversación es un intercambio de información. En Jazz no se cuentan informaciones, sino sensaciones, y si ven a un jazzman sonriendo no es porque alguien le haya contado algo que le hizo reír, sino porque alguien le hizo sentir risa. Así pues en Jazz no se cuentan historias, si no que se sienten historias: el narrador no es el protagonista de la comunicación en Jazz ya que el valor de lo dicho o entendido no está en quién lo emite sino en quien lo recibe, único y exclusivo encargado de interpretar lo que sencillamente deseé sentir en ese preciso momento. Después de esto sobraría decir que si ustedes pretender visitar este maravilloso lugar, desistan de intentar entender qué dicen, ya que simplemente sentirán que lo que el jazzman les dice les resulta divertido, triste o enojante, sin prestar ninguna importancia a si perciben o no un mensaje.

Esta condición tan subjetiva del lenguaje es la base de la naturaleza libre del pueblo de Jazz. Cada habitante es un mundo, si se juntan dos jazzman a hablar no tenemos dos, sino tres mundos: el de uno, el de otro y el que se crea cuando se junta. Pero si además de tres jazzman hablando entre sí hay una tercera persona no necesariamente del pueblo de Jazz, nos encontramos por arte de magia con que el número de mundos ha aumentado a cuatro: los tres anteriores más el cuarto que crea el oyente. ¿Cuál es el auténtico? Ninguno y todos, ahí reside la magia del jazz.

Don Hipólito Rey

Prof. de Mágico Jazz

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