INSTRUCCIONES PARA VIAJAR EN EL TIEMPO

junio 23, 2008 at 22:17 (Trabajos de campo) ()

Después de mucho tiempo desde el último y primer trabajo de campo, retomamos las actividades prácticas con una empresa emocionante: ni más ni menos que viajar en el tiempo. A pesar de lo aparentemente pretencioso del objetivo, conviene advertir con antelación que alcanzar la meta propuesta es de suma facilidad, al alcance de cualquiera.

La mayor dificultad se halla dentro de la mente de cada uno de nosotros. Nos encontramos aun lejos de alcanzar el grado cronopio deseado, esto explica esa barrera que nos autoimponemos a la hora de acometer negocios tan inverosímiles como el que atendemos ahora. Así pues basta resumir las dificultades en una cuestión de actitud: si nos lo tomamos en serio -algo que no debería hacer falta ni decir, ya que un viaje en el tiempo es siempre algo muy serio- lo conseguiremos facilmente; sin embargo si presentamos desde el principio una actitud de escepticismo, muy comunmente confundida con una actitud adulta, mejor abandonar no ya la clase sino el curso.

Les recuerdo que estamos en la Escuela Cronopia, abandonen sus prejuicios y sus vergüenzas. La tarea que nos imponemos, les puedo asegurar, merece la pena: un viaje en el tiempo directo a nuestra infancia. Para ello nos cuidaremso de realizar este ejercicio dentro del horario de tiendas, por supuesto en día laborable, ya que requerirá nuestro viaje realizar un par de transacciones comerciales muy básicas.

Lo primero de todo tendrán que ir a la pastelería más cercana provistos de una cantidad de dinero que ronde los dos o tres euros, nos presentaremos a la pastelera o pastelero con una amplia sonrisa que denote no solo buenas intenciones, sino una clara decisión. Con solo mirarnos a la cara, la señora o señor encargado debe alejar toda duda acerca de nosotros: debe saber que tenemos bien claro lo que queremos. Cuando nos pregunte qué deseamos, rápidamente recordaremos el bollo favorito que tomabamos cuando eramos crios y se lo pediremos amablemente. Si tenemos la mala fortuna de que este bollo precisamente no lo tengan buscaremos otra pastelería ya que debe ser exclusivamente ese y no otro.

Cuando lo consigamos, lo pediremos para llevar, ya que lo vamos a guardar hasta que efectuemos la segunda parte del ejercicio. Para ella debemos contar aun con un capital de al menos un euro. Nos dirigiremos a un puesto de chucherías o a un kiosko de periódicos. Sabremos que el establecimiento es adecuado cuando comprobemos que efectivamente vende sobres de cromos, una vez comprobado le pediremos uno o dos o los que se deseen, siendo el mínimo un sobre por presona. El motivo de los cromos no es importante, aunque se valorará que el alumno recapacite sobre qué cromos prefiere, si consigue plantearse seriamente esta cuestión sin duda estamos a un paso de retroceder en el tiempo.

Finalmente, con nuestro bollo en una mano y nuestros cromos en la otra, queda el último y más sencillo paso: comenzaremos el bollo, saboreando su azúcar, su crema, su nata o su chocolate según el caso, y empezaremos a abrir el sobre de cromos para ver qué nos a tocado y si hemos tenido la mala suerte de recibir dos repetidos dentro de un mismo sobre (el colmo de la mala suerte). Si entre las estampas recibimos una especialmente llamativa o interesante, nos alegraremos con sinceridad, convirtiendo ese breve momento en un breve momento de infancia, cuando la mayor alegría del día podía ser conseguir el cromo deseado. No estaría mal guardar los cromos en la cartera del día día, junto a facturas, carnets, billetes, y notas de adulto; considerenlos un ancla que les recuerde que todavía se puede viajar en el tiempo.

De nuevo les repito consejos anteriores: este ejercicio puede resultar una tontería a primera vista, pero también es muy posible que por unos minutos disfruten un poco de algo de diferente y barato.

Sinceramente: espero sus comentarios.

Saludos

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UN PUEBLO LLAMADO JAZZ

junio 23, 2008 at 21:31 (Mágico Jazz) ()

(Se aconseja escuchar la música a la vez que se lee el artículo)

Summertime – Charlie Parker (instrumental)

Situado en un punto bastante confuso para el turista musical se encuentra el pequeño pueblecito conocido como Jazz. Es apenas un conjunto minúsculo de casas bajas con patio, una salpicadura de viviendas en medio del mapa de la música del siglo XX, pero mucho más famoso que ciudades más grandes y con más historia. Sin lugar a dudas es un lugar particular que atrae enorme curiosidad tanto de aficionados como expertos, que no dudan en viajar siempre que pueden hasta Jazz, donde saben que serán calurosamente acogidos por unos vecinos amables y con fácil tendencia hacia la comprensión mutua, gente sencilla con ganas de compartir con todos sus alegrías, sus penas, sus miedos y, como no, sus vicios.

El visitante novicio no necesitará mucho tiempo para convencerse de la mágica naturaleza del lugar: cuando por primera vez se muestre el pueblo de Jazz en la lejanía ya se percatará de ello. Se dará cuenta ya desde lejos de que se trata de pequeñas casitas de paredes blancas y tejados de negra pizarra. Cuando alcance sus calles, se verá transportado por el negro empedrado de las mismas a un mundo añejo, de triste glamour despechado en un completo blanco y negro presente en todo lo que le rodea: blancas paredes, negros techos, puertas negras, oscuros árboles de negras hojas, canaletos pintados en negro, fuentes de piedra blanca. Esto, lejos de desconcertar al viajero, suscitará su curiosidad por un escenario de ensueño que a la vez despierta y adormece los sentidos.

No tardará en conocer a los habitantes de tan extraño lugar: los jazzman. Todos de raza negra, siempre vestidos con bonitos trajes de fiesta, siempre con sus rostros perlados por pequeñas gotas de sudor y siempre, siempre, con enormes cigarros en sus manos, humeantes, un manar continuo al aire de finos hilos de humo que van entretejiendo en el vacío que comprende sus calles oníricas telarañas que enredan la fantasía de todo aquel que se deja caer por Jazz. Blanco, negro y humo crean una atmósfera medio melancólica medio misteriosa en la que la única certeza posible es el saber que todo es posible entre sus paredes, de tal forma que el visitante no se sorprenderá de nada.

Hace muchos años, cuando el mundo Música descubrió este pequeño rincón extravagante y sin color se reunieron los más afamados expertos en lingüistas y logopedas para investigar el extraño idioma que hablaban las gentes de Jazz. Se organizó una impresionante expedición compuesta por los más prometedores valores de las más importantes academias científicas. Ciento un investigadores acamparon en torno al pequeño pueblo, adentrándose diariamente en las calles de Jazz con la científica intención de descifrar el idioma de esa extraña gente de trajes impecables. Tardaron tres meses y treinta y tres días en desistir, pues comprendieron que no había homogeneidad ninguna en el supuesto idioma: llegaron a la conclusión de que cada habitante hablaba siguiendo unas normas exclusivas propias, en definitiva: cada uno hablaba su lenguaje.

A veces, cuando se juntaban varios jazzman, el oído poco preparado llegaba a creer que hablaban el mismo idioma pues en conjunto sus sonidos parecían configurar un aparente cuerpo compartido. Pero si se profundizaba un poco más, tal y como hicieron aquellos investigadores, se daría uno cuenta que ni ellos mismos se comprenden entre sí. De tal forma que en el pueblo de Jazz no hay diálogos, no existen conversaciones ya que la base de toda conversación es un intercambio de información. En Jazz no se cuentan informaciones, sino sensaciones, y si ven a un jazzman sonriendo no es porque alguien le haya contado algo que le hizo reír, sino porque alguien le hizo sentir risa. Así pues en Jazz no se cuentan historias, si no que se sienten historias: el narrador no es el protagonista de la comunicación en Jazz ya que el valor de lo dicho o entendido no está en quién lo emite sino en quien lo recibe, único y exclusivo encargado de interpretar lo que sencillamente deseé sentir en ese preciso momento. Después de esto sobraría decir que si ustedes pretender visitar este maravilloso lugar, desistan de intentar entender qué dicen, ya que simplemente sentirán que lo que el jazzman les dice les resulta divertido, triste o enojante, sin prestar ninguna importancia a si perciben o no un mensaje.

Esta condición tan subjetiva del lenguaje es la base de la naturaleza libre del pueblo de Jazz. Cada habitante es un mundo, si se juntan dos jazzman a hablar no tenemos dos, sino tres mundos: el de uno, el de otro y el que se crea cuando se junta. Pero si además de tres jazzman hablando entre sí hay una tercera persona no necesariamente del pueblo de Jazz, nos encontramos por arte de magia con que el número de mundos ha aumentado a cuatro: los tres anteriores más el cuarto que crea el oyente. ¿Cuál es el auténtico? Ninguno y todos, ahí reside la magia del jazz.

Don Hipólito Rey

Prof. de Mágico Jazz

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Lloviendo gatos

junio 8, 2008 at 20:50 (Actualidad cronopia) ()

Para quién crea que el mundo cabe en un simple telediario, comenzamos hoy nuestro diario de noticias tan increibles como reales… Son hechos reales, auténticos, pero tan extraordinarios que les serviran a todos para comprobar que en el mundo que nos rodea también existen los cuentos maravillosos. Cortazar cultivó la fantasia realista o realidad fantástica, nosotros demostraremos su validez.

Les aseguramos que todo es verídico, indicaremos las fuentes de las noticias y esperamos que disfruten con ello… y recuerden: historias cronopias ocurren todos los días.

Para empezar, hoy les traemos la historia de un grupo de cronopios que están haciendo un exámen muy serio hasta que una lluvia de gatos les interrumpe. Por supuesto los cronopios se enfadan pues para eso no estaban preparados y los gatos eran demasiado grandes ¡que susto!

Increible… ¿verdad? pues no crean… no crean.

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UNA LLUVIA DE GATOS INTERRUMPE

UN EXAMEN FINAL DE UNIVERSITARIOS

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Un centenar de alumnos de la UNED recurrirán

la prueba, durante la cual cayeron felinos por

un agujero del techo

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O. Fraile/B. Castrillo

20 MINUTOS

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Ninguno de los 300 alumnos que el lunes hacían un examen final de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) en el recinto ferial de la Casa de Campo se imaginaba que su ejercicio iba a ser interrumpido por una ‘lluvia de gatos’.

En el aula, donde se examinaban alumnos de Educaación Social, Pedagogía, Filología Hispánica e Inglesa, empezaron a “oirse unos maullidos de gatos que estaban como peleándose”, cuenta Noelia Muñoz, una de las estudiantes, que escribió una carta a 20 minutos denunciando lo ocurrido. De repente Wse cayó el falso techo y dos gatos se precipitaron sobre un compañero; otros cinco seguían en lo alto”, prosigue Noelia. El chico al que le cayeron los animales encima “se llevó tal susto que se cayó de la silla y, aunque no le pasó nada, podría haberse hecho daño”.

En medio de la confusión, un centenar de alumnos decidieron abandonar la sala porque Wlos gatos eran grandes y estaban muy agresivos”. Ahora recurrirán la prueba, porque no saben si podrán repetirla en septiembre o “si nos darán un aprobado general”, continúa Noelia.

Entrada tapada

La UNED sí considera válido el examen. Julio Gil, director de esta universidad en Madrid, explicó que “el boquete por donde los animales se colaron ya está tapado”. Al parecer, los gatos pudieron entrar en el falso techo antes de la prueba, cuando el pabellón, que la UNED alquila pra la época de exámenes, estuvo cerrado.

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Como ven ustedes, decir que el tiempo es impredecible… nos quedamos cortos. A continuación podrán leer el testimonio de uno de los presentes en su propio blog:

http://calero.laopinion.es/archivo/2008/06/06/lluvia-de-gatos-en-la-uned#comment-33

Nadie sospechaba lo que iba a pasar. Estábamos, el pasado lunes, en la Casa de Campo de Madrid a la espera. Unos estaban impacientes con los apuntes en las manos, otros caminaban por soltar los nervios previos al examen de junio de la UNED. Llegó la hora de la verdad y todos como hormigas bien organizadas entramos en el pabellón de convenciones para sentarnos en un pupitre como en los viejos tiempos. Se repartieron las preguntas y la tensión se podía cortar con un cuchillo. El silencio lo invadió todo. Al rato, oímos un gemido, luego era un ruido indefinido; más tarde, parecía el llanto de un niño y todos nos mirábamos perplejos y con los ojos como platos de postre. La bulla alcanzó el nombre de una pelea en toda regla, de un combate entre gatos. En el falso techo. Las carreras de dos felinos, que en este caso eran universitarias, terminaron por romper parte del techo para caer sobre los alumnos que hacían el examen. A partir de ahí se formó la marimorena. Los gatos salieron por patas y con rumbo desconocido. La concurrencia se calmó unos instantes ante tal lluvia de ficción, sólo unos instantes, hasta que surgió de nuevo el lío gatuno que aún sigue coleando por los pasillos de la UNED sin que ningún departamento haya aportado explicación empírica al suceso.

En esta otra dirección encontrarán también otro testimonio de una de las estudiantes. Se trata del foro de la UNED de Derecho:

http://foro.uned-derecho.com/index.php?topic=18617.msg136997;topicseen#new

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Sin duda la de hoy ha sido una importante lección para los futuros cronopios, continuamos dando pruebas de que el aburrido día a día esconde historias maravillosas como está, basta saber mirar.

Saludos cronopios

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DIARIO CRONOPIO: NO SE VENDE

junio 3, 2008 at 22:01 (Diario de un Cronopio) ()

Segunda entrada del diario de Wenceslao Moore.

33 de mayo de 2008

Hace un par de días regresé del trabajo con la urgente necesidad de declarar al mundo entero que mi casa NO SE VENDE. El miércoles, cuando salí un rato a perseguir palomas cojas, conté hasta trece carteles chillones que gritaban a los cuatro vientos SE VENDE. Más tarde, camino del zoo de peluches, conté otros ocho carteles más. De repente la gente necesitaba decir a los viandantes sus intenciones futuras con respecto a su vivienda, tal vez para desahogarse, que es la razón por la que casi siempre se dicen las cosas en una ciudad. Tal vez por eso se grite tanto y se hable tan poco y tan mal.

En la papelería del señor Tomás compré cartulina y roturadores con los que hacer mi cartel de NO SE VENDE. Esto, pensé erróneamente, era recomendable para todos los dueños de viviendas y locales de todo tipo puesto que colocando carteles con ese texto evitaría malentendidos con respecto al futuro de mi hogar. Rotulé lo mejor que pude mi cartel y lo colgué del balcón que da a la avenida principal, puesto que es la más transitada de todas las calles que rodean mi edificio. Reconozco que aquel día dormí más tranquilo, pues sabÍa que gracias a esta medida nadie me compraría mi casa. ¿Se imaginan ustedes que tragedia si esto sucediera? No entendía cómo había podido vivir tan despreocupadamente hasta entonces, cuándo cualquier tipo podría haber tocado la puerta con la pretensión de comprarme la casa. Por supuesto que yo le corregiría e intentaría convencerle de su error, pero lógicamente él podría reprocharme que en ningún sitió dice que esa casa no estÉ en venta. Y amigos míos, futuros cronopios, ya saben que hoy día todo se compra y se vende. A mí no me quedaría otra que darle la razón, en ningún momento dije yo que no vendo mi casa, y dada mi ejemplar educación me vería en la necesidad de pedirle disculpas y reconocer mi error. “Efectivamente mi falta de previsión ha provocado que usted pensará que mi casa está en venta, y creame que lo siento y nada puedo decir sino darle la razón”. Al final, cómo soy muy educado y no me gusta llevar la contraria a una persona que sé que tiene razón, no tendría más remedio que venderle mi casa, con lo cual me vería abandonado a un incierto futuro entre cajas de cartón y papel de periódico trasnochado. Solo de pensar que eso podría haber sucedido en cualquier momento me provocaba escalofríos.

Pero creí hallar La solución con mi cartel de NO SE VENDE. Sin embargo estaba totalmente equivocado pues al día siguiente un aluvión de llamadas no paró de preguntarme la razón por la cual no vendía mi casa. La mitad de las llamadas terminaban con frases airadas al considerarse engañados pues pensaban que si no la vendía sería por que algo debe tener su casa para no venderla” decían “así cualquiera no vende su casa”. Yo intentaba tranquilizarlos dándoles a entender que a mi casa no le faltaba de nada y que se encontraba en un estado impecable, pero la gente al otro lado del teléfono seguía con la mosca detrás de la oreja, no comprendían como una casa en perfectas condiciones no se vendía y terminaban pensando que les estaba dando gato por liebre: “¿entonces por qué no la vende?”. La gente seguía llamando una y otra vez a lo largo de todo el día preguntando por qué no vendía la casa, qué fallo tenía.

Curiosa fue la llamada de un desconocido que intentó con tesón convencerme de que vendieran, incluso mejorando la oferta, una oferta que yo no había hecho en ningún momento pero que se arregló en subir hasta el doble del valor iniciar de mi vivienda. No tuve tanto problema en rechazarla como en tranquilizarle tras mi rechazo, pues, bastante violento, se creían que simplemente estaba forzando la situación al límite para sacar mayor tajada. No tuve más remedio que colgarle puesto que a pesar de la adoración que siento por mi santa madre tengo la curiosa manía de no agradecer que nadie más que yo la recuerde.

Ya en la noche, cuando ya estaba convencido de que mi idea no había sido muy acertada, me llamó un párroco muy simpático que me causó bastante impresión. El padre Ramón, pues ese era su nombre, no llamaba para mejorar ninguna oferta sino todo lo contrario: su intención era hacerme recapacitar ante la bondad de su misión: acoger a un grupo de jóvenes huérfanos sin hogar. Aparentemente el padre Ramón vio mi cartel y pensó que tal vez conseguiría rebajar mis pretensiones –por otra parte inexistentes- para hacerse con los servicios de mi casa. Sorprendido en extremo escuché cómo este cura intentaba convencerme para que se la vendiera a su diócesis pero a un precio asequible. No solo trataba de convencerme de que la vendiera, sino de que la rebajara. Una cosa de locos.

“Por favor caballero, entiéndalo, sería una obra de caridad por la que le estaría mucha gente agradecida”.

“Entiendo padre que la suya es una obra altruista de enorme valor para la sociedad, pero entiéndame a mí también padre… no deseo vender mi casa”.

“Disculpe si insisto, hijo mío. Piénselo bien, por favor, venda la casa, ellos la necesitan muchísimo más y usted ganaría las puertas del cielo. Por favor, tenga la bondad de venderla”.

“No, padre, quien tiene que disculparse soy yo por el malentendido que ha causado mi cartel. La decisión es irrevocable, tengo en gran estima el valor de mi palabra… y tal como dice el cartel mi casa NO SE VENDE”.

“Entiendo… entiendo… pero comprenda –y por favor perdone la insistencia- lo necesitados que estamos. Ni mucho menos quisiera yo poner en duda su palabra ni venirme a mal con usted. Si dice NO SE VENDE, no se hable más. Pero… entonces se lo alquilo, no dice que no se alquile ¿verdad?”.

***

Y bueno… así es como un cronopio es capaz de perder su casa. Efectivamente no dije que no se alquilaba, por eso la entrada de hoy en mi diario la termino de escribir en el banco del parquecito del otro lado de la avenida.

A todos ustedes, como dice la Maga, les mando saludos cronopio cronopio. Y recuerden que ser cronopio también tiene sus riesgos.

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