El buscador de rostros
Primera entrada del diario de Wenceslao Moore.
32 de Mayo de 2008 (si, si, 32)
Hay días en los que uno descubre algo nuevo sobre sí mismo, esos días pueden considerarse realmente bien aprovechados. Hoy ha sido uno de esos días, pues he descubierto una faceta mía en la que nunca me había fijado y que ahora, procurándole toda la atención que merece, confirmo que ha estado presente a lo largo de mi vida.
De mañana había yo comprado un billete de solo ida para el ascensor que me llevaba a la planta baja, poco se diferenciaba aquel día del resto. Sin embargo, una vez ocupada mi plaza en el vehículo y a mitad de trayecto me quedé mirando la puerta del mismo. En varios puntos la pintura verde acelga hacía ya tiempo que se había desprendido, dejando entrever el metal. Me fijé en que ese vacío de pintura dibujaba una forma caprichosa que me recordó el rostro de una anciana con tremenda nariz. Fue en ese mismo momento cuando me percaté de esa faceta fascinante que me había acompañado toda la vida y que, sin embargo, nunca valoré: soy un buscador de rostros.
Puede sonar pretencioso viniendo de un tipo corriente como yo, pero les recuerdo que soy cronopio, y descubrimientos tan extraños como este no me asombran. Les aseguro que no exagero si digo que desde niño he tenido una especial afición a buscar rostros por todas partes: en manchas de humedades colgadas de techos, en las formas de los charcos, en los salpicones de pintura o de salsa de tomate, en los dibujos de un mantel, en las florituras de las alfombras… en todo aquello que dibuje una forma no precisa. Son como palabras inventadas que buscan todavía un significado.
Deduje que aquello no era nuevo, que ya lo había hecho cientos, miles de veces. Empecé a recordar mis temores infantiles en la oscuridad, donde toda silueta se me presentaba como un perfil de nariz, frente y boca. A cada sombra le daba una existencia: el inocente montón de ropa que queda sobre una silla se transformaba en por la noche en un ser diminuto en extraña posición. A veces puede resultar divertido ver caras en los poso del café, por ejemplo, pero desde luego no es nada aconsejable para un niño que vea caras en las sombras de su cuarto. Recuerdo con especial añoranza lo inocente que era por temer los dibujos que por la noche formaban la luz de las farolas cuando se filtraban por la persiana y aterrizaban en el techo de mi habitación.
Después empecé a ver un entretenimiento muy útil en casos de total aburrimiento el observar las alfombras. Hasta ahora nunca he visto una alfombra bonita, no sé si será problema mío con ellas, o problema de los alfombristas con el arte, sin embargo siempre me han fascinado las florituras y adornos que contienen. Si uno se esfuerza un mínimo, simplemente untando un poquito de imaginación, se es capaz de ver un rostro de hombre barbudo aquí, una cara de león allá, de pez en ese otro rincón… Al final la alfombra se convierte en un auténtico libro lleno de personajes por los que uno no puede dejar de preguntarse qué tendrán en común el barbudo, el león y el pez. Otro material propicio a las caras es el gotelé de las paredes de mi casa. Un inmenso desierto vertical blanco que se extiende por toda la casa y que según le dé la luz te muestra ahora una cara de bruja, luego un burro estornudando, quizá más tarde aparezca un marciano. Nunca se sabe, pero siempre hay algo inesperado.
Pintura derramada en una acera que dibuja sin ningún lugar a dudas el perfil de un vaquero, una chapa con un enorme manchón de óxido que me mira con amenazante seriedad, la gota de aceite que crea formas en la soa, las vetas de madera que delinéa delfines casi reales… por todos lados se ven caras y rostros que parecen habitar un mundo fuera de toda norma.
Imagino que mi afición, casi olvidada, por el dibujo habrá influido en esa extraña búsqueda. O quizá fue al revés y el dibujo simplemente fue una válvula por la que escapaban todos esos seres. El caso es que si busco un origen me doy cuenta de la extraña circunstancia de que nunca fui un niño de aquellos que se tumban a mirar las nubes y darles formas. Uno de los precios a pagar por vivir de prestado en una enorme ciudad cementera es no contar con un fresco prado verde, ni si quiera un jardín mísero con las condiciones higiénicas mínimas que permitan a uno tumbarse a observar el cielo. Curioso, nunca di forma a las nubes pero si a una mancha de vinagreta en mi camisa.
Ustedes pensarán que estas son cosas bastante extrañas de las que no se escucha muy a menudo. Los cronopios no abundan, eso es cierto, pero antes de terminar quería comentarles el último pensamiento que me vino antes de que el ascensor aterrizase en el portal, previa autorización de la torre de control. Me di cuenta de que había hecho mal en percatarme de la presencia de esa cualidad mía de buscador de rostros Mejor haberla dejado ahí, presente pero involuntaria, ignorada, anónima como la respiración o el pestañeo. Ahora que sabía que había caras rodeándome por todos lados… cómo dormir tranquilo sabiéndome observado, como probarme la ropa interior en unos grandes almacenes… y lo que es peor… como hurgarme la nariz sin sentirme coartado…
En cuanto descendí de mi ascensor me fui directo a la ventanilla de billetes para comprarme uno de regreso a la sexta planta, daba igual en qué clase, la que fuera: quería meterme en la cama lo antes posible.
Espero que mi relato os haya servido de algo, al menos como matahorasmuertas mientras lo leíais. Y como este blog es a fin de cuentas una escuela, cronopia pero escuela, os propongo un trabajo de campo:
Mirad a vuestro alrededor y buscad rostros.
O recordad cuándo fue la última vez que le pusisteis cara a algo.